Oriol Tomás y Los diez del Zeewoelf

By junio 10, 2015I´m Experiences
El trabajo hecho con gusto y con amor, siempre es una creación original y única. Roberto Sapriza.

 

Los grandes profesionales disfrutan con retos que parecen imposibles. El descreimiento y la presión alimentan su espíritu y sus ganas de demostrar lo que son capaces de conseguir.

Vamos a hablaros de un barco muy especial, restaurado por diez grandes profesionales. El más joven de los diez, Oriol Tomás, perteneciente a la tercera generación de Efectos Navales Ortiz S.A., nos ha inspirado esta historia.

Que la disfrutes y que te llene tanto como nos ha llenado a nosotros.

ORIOL TOMÁS Y LOS DIEZ DEL ZEEWOELF

El sol se deslizaba hacia la línea del horizonte y el muelle de los pescadores del Serrallo, Tarragona, empezaba a pintarse de sombras y luces anaranjadas.

La tienda de Efectos Navales Ortiz se quedaba en silencio después de la salida de los últimos clientes de la tarde.

Sonó el teléfono. Manuel Ortiz, fundador de la empresa familiar y abuelo de nuestro protagonista, sacó la agenda que acababa de guardar en el cajón de su escritorio y descolgó el auricular.

-Efectos Navales Ortiz, ¿en qué puedo ayudarle? –preguntó.

-Buenas tardes –se hizo un silencio de varios segundos. Manuel Ortiz distinguió en el hablante  acento extranjero, probablemente francés.

-Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle? –reiteró con un tono más cálido y pausado.

-Sí. Buenas tardes. Llamo referido por Mestres D’Aixa. Necesito un trabajo muy especial. Adolfo Roch me dijo que ustedes pueden hacerlo.

Mestres D’Aixa era -y es- una empresa con una larga tradición en restauración y reparación naval. Y en numerosas ocasiones las dos familias habían trabajado juntas en proyectos complejos que requerían equipamientos electrónicos de alta calidad o pinturas específicas de importación muy difíciles de conseguir.

Manuel Ortiz tomó dos notas breves acerca del trabajo que explicaba el cliente y le aseguró que al día siguiente su equipo se pondría en contacto directo, realizaría una visita al barco, recogería todos los detalles y emitiría el presupuesto.

-¿Está seguro de que pueden realizar este trabajo? –preguntó el cliente por tercera vez.

-¡Y tan seguro! –afirmó Manuel Ortiz -. Somos pioneros en España en trabajos de ese tipo. Y ya son años los que tenemos encima.

-Eso mismo me dijo Adolfo –continuó el cliente -. Pero todos los expertos a los que he consultado me aseguran que es un trabajo casi imposible.

-La gente habla de “imposibles” muy a la ligera. Por su voz deduzco que usted también cuenta con años suficientes como para comprender lo que quiero decir.

Manuel Ortiz pudo advertir una sonrisa al otro lado del teléfono. Sonrió él también y colgó la llamada.

Al día siguiente, tan pronto la tienda volvió a cobrar vida, claridad y colgó el cartel de “abierto”, Manuel llamó a Oriol Tomás y lo invitó a sentarse en su despacho.

-Hay un trabajo nuevo para ti –explicó mientras colocaba documentos y abría la agenda -. Un cliente muy exigente. Y el trabajo es complejo, sí. Pero te resultará interesante. Es ese tipo de trabajos para los que tanto te has preparado y últimamente escasean.

Oriol cruzó los brazos con gesto de escepticismo. Amaba -y ama- el mar por encima de todas las cosas. Se había criado entre barcos y conocía cada detalle del trabajo de la empresa familiar a la perfección. Disfrutaba forjando nudos artesanales, revisando sistemas y reparando neumáticas. Pero sobre todo y desde muy pequeño, amaba la electrónica y se especializó en el arte de facilitarle tecnología punta a los clientes, que fueron muy exigentes durante años y que, con la llegada de la crisis económica, se volvieron menos perfeccionistas o escatimaban más en precios, y bajaron sus demandas.

Manuel Ortiz se quitó las gafas, miró a su nieto a los ojos durante unos segundos, volvió a cerrar la agenda –sin llegar a mostrar antes las anotaciones tomadas- y sonrió.

-De verdad, te aseguro que este trabajo está a tu altura. Y precisamente por eso te acompañaré mañana a ver al cliente.

Abuelo y nieto caminaron juntos hasta el punto de reunión acordado. Allí les esperaba el Zeewoelf,  un impresionante pesquero construido en los años sesenta y convertido, poco a poco, en un barco de recreo con alma propia. Pero no adelantaremos acontecimientos y volveremos a la situación que nos ocupa: el momento en el que el propietario del Zeewoelf, un adinerado y peculiar empresario francés, conoció a Oriol Tomás.

-Señor, aquí está mi nieto, Oriol Tomás. Él es el responsable de nuestro equipo de técnicos especialistas en sistemas electrónicos y de seguridad.

El cliente, al que de ahora en adelante llamaremos Jean –aunque este no sea su nombre real- se adelantó con cautela y le estrechó la mano, mientras tanto le lanzaba interrogantes con la mirada, dura y directa a los ojos.

-Eres muy joven, ¿no? –preguntó tan pronto se separaron las manos.

-¡Eso dicen! –comentó Oriol con fingida alegría. Al tiempo recordaba todas las veces que había oído lo mismo y las otras tantas que había deseado empezar a lucir canas.

-¿Te han comentado ya la situación? –continuó Jean.

Oriol miró a su abuelo y cruzó los brazos.

-Prefiero que usted mismo le facilite de primera mano toda la información –argumentó Manuel Ortiz.

-Bien –empezó Jean, colocó las manos apoyadas sobre los huesos de la pelvis y carraspeó -. Necesito conexión continua en alta mar con la televisión francesa, en perfectas condiciones, para seis dispositivos de pantalla plana y veinte canales. ¿Sí?

Oriol sonrió.

-Perfecto, ¿qué más?

-¿Le parece poco?

-No… -balbuceó Oriol -. Solamente pregunto. Me parece un trabajo complicado pero pensaba que podría necesitar algo más. Si va a hacer una travesía de…

-No te hace falta saber más, de momento –interrumpió Jean –Empezaremos con este trabajo.

-Me parece bien.

-¿Estás seguro de que pueden conseguirlo?

-Muy seguro –contestó Oriol, devolviéndole una mirada desafiante pero cálida.

-Todos los expertos a los que he consultado insisten en que se trata de un trabajo muy difícil. Prácticamente imposible.

Oriol se giró hacia su abuelo.

-Ya le he dicho que nosotros estamos acostumbrados a ese tipo de encargos, hijo. Ahora solamente falta que se lo demuestres.

-Mañana a primera hora tendrá el presupuesto. Me encargaré personalmente de todo el proceso. No necesito más gente para esto, lo cual abaratará ligeramente el coste.

Jean arqueó las cejas y se pellizcó el mentón.

-¿Vas a hacerlo tú solo?

-Sí –concluyó Oriol.

Al día siguiente Jean recibió el presupuesto, tal y como habían acordado. Lo aprobó sobre la marcha y esa misma tarde Oriol Tomás empezó a trabajar en el Zeewoelf.

Tres días después, de manera completamente imprevista, volvió a aparecer Jean junto a su madre.

Oriol los saludó, se limpió las manos y se sentó con ellos.

-¿Qué tal todo? –preguntó Jean.

-Bien. Todo va bien –contestó Oriol con cierta sequedad y algo de prisa. Aún quedaba mucho por hacer y no le gustaban las demoras innecesarias.

-Le he hablado de ti a mi madre. Quería conocerte –continuó Jean.

-Pues aquí me tiene, señora. Encantado de conocerla –expresó con una sonrisa, luego asintió con la cabeza y observó a la mujer, una mujer mayor muy bella y con una luz especial en la mirada.

-¿Qué edad tienes? –preguntó ella devolviéndole la sonrisa.

En ese momento Oriol, como tantas otras veces, pensó en contestar: “ciento ocho años, pero el mar me conserva bien”. Y, como tantas otras veces, calló esa respuesta y dijo la verdad.

-Acabo de cumplir veintiséis.

La mujer asintió con la cabeza sin dejar de sonreír.

-Eres muy osado y eso es maravilloso–dijo –. Pero no creo que seas capaz de hacer este trabajo.

Oriol bajó la mirada, escondiendo una sonrisa desafiante.

-Este es mi trabajo, señora. Tengo que ser capaz de hacerlo y además de hacerlo bien. Y, con todos mis respetos, aún me quedan muchas horas por delante.

La mujer volvió a sonreír.

-Está bien, chico. Te dejaremos tranquilo y estaremos atentos a los resultados.

-Eso espero –asintió Oriol –. ¿Cuándo tienen pensado hacer la primera travesía?

-En un mes nos iremos a Formentera –contestó Jean.

-Bien. En una semana tendrán conexión satélite para ir a donde quieran.

Al mes siguiente Efectos Navales Ortiz recibió una llamada para Oriol de la madre de Jean. Quería decirle personalmente que habían completado la travesía Tarragona-Baleares con conexión perfecta con la televisión francesa en todo momento. Oriol no pudo atender esa llamada pero se reunió con Jean tan pronto éste regresó a Tarragona.

Hay que mencionar que, antes del viaje y una vez acabado el trabajo inicial, Jean probó la conexión y todo le pareció correcto. Sin embargo, continuaba temiendo que el sistema fallara conforme el barco se fuera alejando de la costa.

-Un trabajo excelente –le dijo aquella tarde -. Hay amigos míos a los que he llamado y aún no lo creerán hasta que lo comprueben por sí mismos.

-¿El viaje marchó bien? –preguntó Oriol cambiando de tema.

-Muy bien. He vuelto para reconocer tu trabajo y proponerte algo más ambicioso.

Aquella tarde Oriol descubrió la historia que escondía el Zeewoelf, un barco pesquero de los sesenta que atrapó por completo el corazón de Jean y que estaba destinado a convertirse en un barco de recreo con alma propia, restaurado por los mejores profesionales de cada actividad.

Hasta entonces Jean había reclutado a nueve expertos que compondrían el equipo entregado a darle una nueva vida y uso al Zeewoelf. Estos profesionales eran: Claus Baumann, Miguel Bauzil, Joaquim Fàbregas, Josep Torrell, Piet de Boer, Instal·lacions Domingo Garcia S.L., Marcel Borgmann, Adolfo Roch –de Mestres D’Aixa, el compañero que había referenciado a Oriol- y la artista Rosa Llavería, que se encargaría de crear material fotográfico de calidad para el proyecto web del barco. El trabajo que Jean le había encargado a Oriol era una prueba que, superada, lo colocaría dentro del equipo. Y así, por amor a su oficio, al mar y a la empresa familiar por la que tanto había apostado y trabajado, Oriol Tomás, que acababa de cumplir los veintiséis años, se convirtió en el décimo integrante de los diez del Zeewoelf.

Los siguientes encargos que recibió Oriol para el Zeewoelf fueron mucho más extensos y complejos:

-Revisión completa y optimización de todos los equipamientos de seguridad.

-Revisión de todo el sistema de navegación.

-Instalación de sistema de seguridad AIS.

-Cabos de amarre.

-Revisión e instalación de sistemas de radio y comunicación.

Una vez finalizados todos los encargos, Jean volvió a reunirse con Oriol y con los otros nueve profesionales que habían trabajado en crear, a partir del barco inicial, una nave completamente restaurada, moderna y distintiva.

-Señores –empezó Jean -. Hace muchos años, mucho antes de ser quien soy y labrarme mi propio futuro y mi propia fortuna. Le prometí a mi madre que navegaríamos juntos en el Caribe, en nuestro propio barco y serían las mejores vacaciones de nuestra vida.

Los diez del Zeewoelf adoptaron un semblante serio en el acto: el Caribe no es ninguna broma y no son pocos los barcos que han naufragado en un viaje de tales características.

Jean, aun consciente del silencio espeso que empezaba a viciar el ambiente, continuó con el discurso.

-Mi madre me contestó: “eres muy osado y eso es maravilloso –Oriol, al escuchar esa frase sonrió inmediatamente, como empujado por un resorte y recordó con pelos y señales la primera conversación que mantuvo con aquella mujer mayor, tan bella y con una luz muy especial en la mirada- . Pero hay sueños que solamente son eso, sueños y está bien que sigan siendo sueños. Los seres humanos nos alimentamos de sueños”.

Jean hizo una pausa para abrir una botella de champán y caminar por el barco.

-Ustedes, los diez, han conseguido hacer realidad un sueño muy importante para mí. Han conseguido darle vida a este barco y convertirlo en lo que ahora es.

Hizo un gesto de manos para que los diez se aproximaran, tomaran una copa y la llenaran con champán.

-Y ustedes, los diez, van a ayudarme a cumplir mi promesa. Juntos, conseguiremos que el Zeewoelf cruce el Atlántico y esas vacaciones con mi madre, que llevo tantos años esperando, serán tan reales como este barco y como todo lo que uno puede conseguir a base de esfuerzo y osadía. Somos osados, los once, y créanme cuando les digo que vale la pena ser osado. La osadía es el único recurso que nos permite acariciar los sueños, agarrarlos fuerte y culminarlos.

Los diez del Zeewoelf se miraron los unos a los otros y levantaron sus copas, sabiendo, con cada pedazo de piel, de alma y de corazón, que aquel brindis marcaría un antes y un después en sus vidas. Y que la osadía, tal y como decía Jean, el amor por los retos imposibles, la búsqueda del trabajo excelente que compartían todos ellos, era un punto de coincidencia y comienzo que les uniría para siempre.

El 3 de enero de 2014 el Zeewoelf empezó su travesía rumbo al Caribe, llegó a su destino y capitaneado por Jean y su madre, fue el escenario de uno de los sueños, hechos realidad, más bonitos jamás contados.

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LosDiezDelZeewoelf

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EfectosNavalesOrtiz

Texto: Judith Bosch. IMGENIUZ.

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