Un motivo para ir al colegio

By noviembre 27, 2015I´m Experiences

 

Fotografía: Laura Ballesteros—Laura Bal

El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices. Oscar Wilde

A nueve de cada diez personas les gusta el chocolate. La décima persona siempre miente. John Q. Tulio

Si algo puede convencernos de que la felicidad está en los pequeños detalles es el recuerdo de nuestra propia infancia o la vivencia de la infancia de nuestros hijos. Nada puede ser más convincente ni más cierto. En el universo que inventamos dentro de cada canica, en los muñecos que construimos con botones y un poco de lana, en las lentejas que hacíamos crecer entre algodones húmedos, en los lápices de colores, en los mordiscos de chocolate, en los saltos y las risas sin motivo…   late lo más puro, lo más sencillo y lo mejor de nosotros.

Este mes nos hemos propuesto un reto muy difícil pero muy emocionante: contar una de las tantas historias que hacen de Smarties un símbolo irrepetible en la infancia de muchos de nosotros.

Tal vez te sientas identificado o identificada con esta historia. Sobre todo queremos que la disfrutes tanto como la hemos disfrutado nosotros encontrándola y escribiéndola.

Un motivo para ir al colegio

Los padres de Sonia se separaron cuando ella era muy pequeña. Después de algunos años yendo de un lado a otro, Sonia fue a vivir definitivamente con su padre, a la isla de Lanzarote. La pequeña tenía siete años de edad y su progenitor una vida entera que cambiar para poder cuidar de ella como merecían las circunstancias. Cambió su trabajo de tour operador por otro que le permitía estar mucho más tiempo en casa y, de alguna manera, como milagrosamente consiguen hacer casi todas las personas que crían a sus hijos sin el otro miembro de la pareja, aprendió a desdoblarse, multiplicarse, estar en varios sitios a la vez y obrar como padre, madre, pedagogo, consejero, médico, cuenta cuentos, peluquero, inventor de juegos, cuida sueños… todo ello para educar a una niña muy sensible, creativa e inquieta que adoraba jugar, inventar, soñar y odiaba el colegio por encima de todas las cosas.

La lucha diaria para conseguir que Sonia despertara interés por el colegio y los estudios se prolongó durante años sin grandes éxitos.

Una tarde, Olav, que era como se llamaba el padre de Sonia, fue a ver a una de sus vecinas. Merendaron juntos mientras hablaban de varios asuntos, entre ellos el eterno dilema de Sonia y el colegio.

—¿Has probado con darle premios cuando hace los deberes?

—¡Por supuesto que lo he probado!

—Y ¿no ha funcionado?

—No. Me dice que no es un perrito chico y que ella no va a asociar el premio a los deberes ni en un millón de años.

La vecina dejó escapar una estruendosa y larga carcajada.

— ¡Qué lista es la jodía! –exclamó por fin. Luego respiró con fuerza, al tiempo que soltaba la risa remanente y se secaba las lágrimas.

—Sí, ya. Tú te ríes pero a mí, gracia me hace poca.

—¡Mami, mis martis! –interrumpió el mayor de los hijos de Laly, la vecina, que llegaba corriendo con una cáscara de plátano en una mano y una taza de plástico en la otra.

—¿Ya has acabado tu plátano?

—¡Chi! –exclamó el niño.

—Y ¿has acabado tu zumo?

—¡Chi! –volvió a exclamar el niño —. Mis martis, mami.

—Está bien. Dame las manos y cierra los ojos.

Laly sacó del bolso un bote azul y alargado, lo agitó y el niño, con los ojos cerrados, comenzó a reír y a exclamar eufórico: «¡Mis martis! ¡Mis martis!».

Destapó el bote y se hizo con un puñado de pastillas de colores que depositó en las manos del niño.

—Ya puedes abrir los ojos. ¡Eh! –puntualizó —. Y comparte con tu hermano.

Los dos hermanos se sentaron a disfrutar de sus martis.

—Ahora estarán entretenidos un buen rato. Los esconden en la mano, juegan a adivinar los colores, los miran y luego se los comen –le comentó Laly a Olav.

—¡Qué curioso! ¿Qué son? –preguntó Olav.

—Smarties –contestó Laly —. Toma, pruébalos.

Olav tomó un buen puñado. Los observó primero y luego los probó. Sonrió de oreja a oreja en cuanto mordió el primero.

—Oye, esto es chocolate.

—¡Anda! ¡Ya has descubierto la pólvora! Como te descuides un poco además te los comes todos. Se los doy como premio. Y también los uso para enseñarles a contar y los colores.

Olav escuchaba con atención sin parar de comer.

—Toma unos cuantos más, anda –le dijo Laly al comprobar que Olav se los había comido todos sin darse cuenta.

Olav aceptó otro puñado.

—Tengo más botes en la despensa. Antes de que te vayas te daré uno para que se lo lleves a Sonia.

—Bueno… No sé –titubeó Olav —. Sonia ya tiene once años.

—Y tú cuarenta y tres –respondió Laly con tono jocoso —. Y te estás poniendo morao.

Olav se sonrojó, sonrió y bajo un poco la cabeza.

—Y yo. Y yo también me pongo morá. Me chiflan –añadió Laly al tiempo que colocaba una mano sobre el hombro de Olav y la apretaba en señal de cariño y amistosa complicidad —. Llévaselos a Sonia, anda. Y dile que se venga mañana a merendar, que me pondré con ellos a reforzar los colores, los números y hacer manualidades. Así me ayuda. Seguro que nos lo pasamos pipa.

Por el camino Olav estuvo pensando en la manera de sorprender a Sonia. Al llegar a casa, aún meditabundo, ocultó el bote en el bolsillo y continuó pensando.

La idea le sobrevino de repente, después de cenar y en medio de una de esas tediosas conversaciones que solían acontecer antes de dormir: «la necesidad de acostarse temprano para ir al colegio al día siguiente». Sonia siempre quería quedarse un rato más despierta, un rato de varias horas y, por descontado, el hecho de meterse en la cama con vistas a madrugar no la seducía en absoluto.

—Estuve en casa de Laly –comentó Olav con tono solemne —. Me ha dado unas pastillas que hacen que te pongas contenta para dormir e ir al colegio.

Sonia abrió mucho los ojos.

— ¿Vas a medicarme? –preguntó con un hilo de voz quebrada.

—Sí, hija –contestó Olav sin cambiar ni un ápice el tono grave del discurso —. No me dejas otra opción.

—Papi, estás loco.

—No me queda otra. Me has llevado al límite. Así que, toma: pastilla. Es la única forma.

Olav extendió la mano y la adelantó hacia su hija. En el centro de la palma brillaba una pastilla de color rojo.

—¿Estás son las pastillas rojas de las que habla la gente? ¿La medicación fuerte?

—En efecto –sentenció Olav, haciendo esfuerzos sobrehumanos para mantener el semblante serio.

—¡Pues tómatela tú! ¡Yo no la quiero!

—Sonia… No vamos a seguir discutiendo. Métete la dichosa pastilla en la boca –continuó Olav con tono amenazante.

—Pues dame agua… aunque sea –dijo Sonia achicada —. No voy a tragarme eso a palo seco.

—Se toman sin agua. Vamos. Sigue mis instrucciones.

Sonia alargó la mano lentamente y agarró la pastilla.

—Bien –dijo Olav —.Ahora colócala sobre la lengua.

Sonia hizo lo propio.

—Ahora saboréala unos segundos.

Sonia cerró la boca. Las arrugas de su ceño se disiparon enseguida.

—Está dulce.

—Sí. Lo sé. Sigue saboreándola. Vale. Ahora muérdela.

Una risa pletórica y abundante inundó la habitación.

—¡Es chocolate! ¡Es chocolate! –repetía.

—Muy bien. Ahora cepíllate los dientes y a dormir, que ya estás contenta para dormir e ir al colegio mañana.

—¡No estoy contenta! –gritaba Sonia entre risas.

—Pues bien que te estás riendo.

—¡Pero no es de contenta!

—Yo juraría que sí.

—¡No! –negaba la niña entre risas —. Además, me has engañado. ¡Esto no es medicación! ¡Es chocolate!

—¡Chitón! Dientes, cama y dormir. Mañana te daré más medicación, que este tratamiento lleva varios meses.

Olav arropó a su hija, como era costumbre. Antes de apagar la luz la miró fijamente y acarició su frente despejada, como también era costumbre.

—Papi –susurró Sonia —. ¿De dónde sacaste esas pastillas?

—Ya te lo he dicho, hija. Me las dio Laly.

—No… la verdad –sonrió la niña, de cabellos rubios y ojos castaños, muy brillantes.

—Es la verdad. Las usa para enseñarles los colores y los números a sus hijos. Vete mañana a su casa, después de hacer los deberes. Quiere que la ayudes a hacer manualidades con sus hijos.

—Papi –volvió a susurrar Sonia después de algunos segundos de silencio —. No quiero ir al colegio mañana.

Olav le dio un beso largo, en la frente, blanca y suave:

—A dormir.

Al día siguiente, después de hacer los deberes y con cara de haberse comido una docena de limones, Sonia se presentó en casa de Laly.

—Entra, anda, que se te pasará en un plis el mal trago de los deberes, que se nota que los has hecho todos –comentó Laly con alegría mientras acompañaba a Sonia hasta el salón.

Estuvieron toda la tarde jugando con los niños. Repasaron y recordaron los colores separando los Smarties, repasaron los números contando los Smarties de cada color, luego crearon figuras y jugaron a las adivinanzas.

—Espera que se me ha ocurrido algo genial –le repetía constantemente Sonia a Laly, y unos minutos después sorprendía a los niños con un pez azul de cabeza amarilla y aletas verdes, al tiempo que preguntaba: «¿Qué animalito es este?».  E inmediatamente después de que los niños acertaran, ponía las manos sobre el pez, cambiaba los Smarties, casi sin mirar, y convertía la figura en una flor de pétalos azules.

Luego creó un corazón amarillo y rojo que se convirtió en una mariposa. Luego un árbol y se detuvo con los niños a contar todas las hojas. Luego un pato, hecho de Smarties naranjas y amarillos. «¿Cómo hace el pato?», preguntó. Y los niños corrían alrededor moviendo los brazos y exclamando «¡Cua! ¡Cua!».

Esa noche, Sonia, eufórica, apenas prestaba atención a la cena para poder relatarle a su padre todo lo acontecido en casa de Laly. Los ojos le brillaban como nunca mientras explicaba los detalles de cada juego, cada ocurrencia y las reacciones de los niños. Su padre, muy atento y callado, descubrió en esa inesperada experiencia el mejor motivo para animar a Sonia a dormir pronto e ir al colegio al día siguiente.

—Quiero ir muchas más tardes a casa de Laly –Dijo Sonia finalmente —. Ha sido increíble.

—Si estudias mucho algún día podrás hacer eso todos los días –contestó Olav.

Sonia se agarró la nariz y miró a su padre con ojos entrecerrados:

—No entiendo –dijo.

—Sí –continuó Olav —. Eso que has hecho hoy es lo que hacen las profesoras de educación infantil. Solo que tú ya no te acuerdas, brujilla. Las profesoras de educación infantil se pasan todo el día jugando, inventando y soñando. Así es como enseñan a los niños.

—Eso no es verdad. En el colegio no se juega –contestó Sonia.

—Ahora tal vez no, porque tienes que aprender disciplina y estudiar. Pero los niños pequeños aprenden jugando. Eso sí, para enseñar a los niños pequeños primero hay que estudiar mucho. Pero mucho, mucho.

Sonia permaneció en silencio, mirando a su padre fijamente, con los ojos brillantes, muy abiertos.

—Venga. ¡Acábate el plato! Luego medicación y a la cama –concluyó su padre rompiendo el silencio. Inmediatamente después sonrió, le guiñó un ojo y alargó la mano para revolverle el cabello con ternura.

—¿Pueden ser dos pastillas de medicación en vez de una? —preguntó la pequeña con el rostro rosado. Luego apretó los labios y subió los hombros como queriendo esconder la cabeza entre ellos.

—No, dos no. Seguro que hoy te has inflado a Smarties.

—No, papi. Comimos pocos, te lo prometo —contestó con el rostro aún más rosado que antes.

Realmente Olav había reservado una pastilla para después de cenar y, sin querer ni darse cuenta, se había comido el resto antes de que llegara Sonia, pero este insignificante incidente no viene a cuento. El caso es que aquella noche, antes de dormir, no hubo un “no quiero ir al colegio mañana”. Ni aquella noche ni tantas otras. Y el caso es que, tal y como aventuró su padre, Sonia estudio mucho. Pero mucho, mucho. Encontró por fin un poderoso motivo para acostarse a la hora, levantarse temprano e ir a clase todos los días, durante varios años. Y aquella niña que odiaba el colegio por encima de todas las cosas se convirtió en profesora de educación infantil.

Ahora tiene cuarenta y un años y un niño al que también debe sacar adelante prácticamente sola, igual que hizo su padre con ella.

Tal y como milagrosamente consiguió hacer su padre, Sonia se desdobla, se multiplica, está en varios sitios a la vez y obra como madre, padre, pedagoga, consejera, médico, cuenta cuentos, peluquera, inventora de juegos, cuida sueños… todo ello para educar a una niño también muy sensible, creativo e inquieto que adora jugar, inventar, soñar y odia el colegio por encima de todas las cosas. Pero este es el principio de otra gran historia.

Nota final: los Smarties salieron al mercado por vez primera de la mano de la compañía inglesa Rowntree, en 1882, con el nombre de Chocolate Beans. En 1937 tomaron el nombre de Smarties Chocolate Beans y desde 1977, debido a la internacionalización del producto y la marca,  pasaron a llamarse Smarties. En 1988 Nestlé adquiere Rowntree y en 1993 renacen los actuales y deliciosos Nestlé Smarties.

Texto: Judith Bosch IMGENIUZ

Fotografía: Laura Ballesteros—Laura Ba.

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